Por Raúl Macarro del OS2O Trail Team

‌“SER COMPETENTE ME HABÍA LLEVADO SIN QUERER A SER COMPETITIVO, Y QUERER SER COMPETITIVO ME HABÍA HECHO INCOMPETENTE”

Cuatro meses supone un tiempo mucho más que suficiente para poder reflexionar con total claridad. Lo digo ahora, cuando todo ha pasado, cuando resulta más fácil hacer esta valoración. Ahora que el objetivo deportivo no se ha conseguido parece más sencillo mirar hacia atrás y ver lo absurdo y el poco sentido que ha tenido el camino para llegar hasta aquí. Y me alegro de que haya sido así.

Cuando corría, pero no competía, solo el mero hecho de correr me aportaba felicidad. Desde que empecé a competir, me he llevado pocos palos y muchas alegrías. Cuando todo sale bien, las cosas parecen muy fáciles, muy simples y muy bonitas. Sin embargo, que las cosas salgan bien y todo fluya no te ayuda a crecer. Son los pocos “palos” o pequeñas decepciones las que te hacen cambiar el chip para superar los obstáculos y corregir los errores que has cometido.

Hace cuatro meses que entreno lesionado, unos días soportando unas molestias fuertes y otros días literalmente “cojeando”. Hace cuatro meses que tenía que haber parado y dedicarme solamente a estar bien, pero había una competición a la vista, una competición que cuando se confirmó la fecha hace casi medio año, marqué en mi calendario como uno de los grandes objetivos de la temporada. Lamentablemente hoy en día esto funciona así. Tienes que pensar en las carreras y montarte un plan anual casi con un año de antelación y luego durante ese año intentar llegar en la mejor forma posible a esas carreras que has marcado. Es decir, preparar tu cuerpo y tu cabeza para una fecha ya marcada con antelación, en lugar de esperar el momento en el que tu cuerpo y tu cabeza estén bien para buscar esos retos deportivos.

‌Durante estos cuatro meses no he disfrutado de los entrenamientos. He entrenado esclavo de un reloj. He parado y he tirado la toalla cada vez que los dolores pasaban de ser muy fuertes a insoportables, cada vez que salía a la calle a dar un paseo o iba a trabajar y cada paso que daba era una maldita agonía. Cuando llegaba a ese punto me concienciaba de que “SE ACABÓ”. Me olvidaba de ese propósito deportivo que tanto había planeado porque estaba afectando a mi día a día, a mi salud. Sin embargo, esos pensamientos solo duraban en mi cabeza los tres o cuatro días que tarda en calmarse un poco el dolor y volvían a convertirse en unas fuertes molestias, digamos que “soportables”. Volvía a intentar entrenar cojeando y tolerando unos dolores que no debería soportar nadie que tenga esto como un hobby. Al fin y al cabo, mi cabeza pensaba que si podía ir sacando entrenamientos decentes y poco a poco se iba quitando el dolor, había alguna posibilidad de llegar a la fecha en condiciones óptimas de competir.

Había días que me levantaba a las 6 de la mañana para ir a trabajar y me tiraba 8 o 9 horas pensando en lo que iba sufrir para sacar un entrenamiento adelante esa misma tarde. Era plenamente consciente de que salir a correr me iba a doler mucho, que no iba a disfrutar, y que solo lo hacía por una obligación personal conmigo mismo. Ahora lo pienso, y es triste. Si no hubiese sido por la lesión, hubiera pasado las 8 horas de trabajo ilusionado por hacer el entrenamiento de la tarde. Había perdido el rumbo, la esencia.  De hecho, a día de hoy, me duele más haber perdido esa esencia que los dolores que he soportado. Es cierto que mi percepción del dolor y mi capacidad para aguantarlo es bastante grande. Es algo, que por un lado puede parecer un arma muy poderosa, por ejemplo para aguantar en las competiciones. Sin embargo, también es un arma de doble filo y puede ser muy peligrosa.

Los números de los entrenamientos no eran malos. Llevaba una temporada haciendo menos salidas a pie e intentando compensar la falta de kilómetros y de intensidad de otra manera, ya que por cada día que corría, tenían que pasar tres o cuatro sin correr. Según se iba acercando la fecha de esa competición, los dolores iban disminuyendo muy lentamente, lo que me servía para “auto-engañarme” y pensar que para la fecha clave podrían haber desaparecido por completo. Poco a poco podía subir un poquito más la dureza de los entrenamientos pero nunca hasta el punto que debería para llegar al estado de forma que me había propuesto. Visitas semanales al fisio, incluso dos veces por semana. No quería acabar de asumir que tenía que parar. Soy una persona ambiciosa. Va en mi personalidad. He intentado pelearme contra ello e intentar ser más flexible, relativizar, pero es imposible. La personalidad de cada uno va impregnada con nosotros y tenemos que aceptarlo. Sin embargo, sí es posible llegar a conocerte y poder controlarlo. Exactamente, lo que yo no supe hacer.

‌Gran parte de mi vida estaba girando en torno a seguir sumando y mejorando para ser competitivo ese día. Correr era lo más doloroso, pero ni la bici, ni el gimnasio, ni cualquier otra actividad que me ayudara a sumar de cara a mi objetivo me resultaba agradable… ¡ni siquiera dormir era agradable! ‌Todo me dejaba dolorido, con lo que después de trabajar -que también muchos días era una agonía-, no me apetecía ni siquiera algo tan simple como salir a dar un paseo. También me dolía.

‌Así pasaban los días, las semanas y los meses, y hasta el último momento no tenía claro sí podría estar en la línea de salida o no. Lo que si asumí era que no iba a estar ni mucho menos en las condiciones físicas que hubiese querido y que, si corría, lo iba a tener que hacer con dolor. Esto me restó algo de presión personal. Con el tiempo, había hasta cambiado la forma de apoyar el pie en cada zancada como método de autoprotección. De hecho, hasta cierto punto podía tener controlado el dolor. Y como los números que el reloj registraba no eran nada malos, incluso tenía la ilusión de que si salía un día de dolores no muy fuertes, podría hacer la carrera en los números del año pasado. Esos números me podrían servir para quedar más que satisfecho competitivamente hablando.

‌Si no me hubiese puesto en la salida… siempre me hubiera quedado la duda. Como podéis imaginar, llegado el día, ahí estaba, entre grandes corredores, algunos en su mejor forma física y otros buscándola, después de haber sido mucho más inteligentes que yo y de haber sabido parar en su momento. Ellos perdieron algunos meses por alguna lesión y luego volvieron a estar en forma. Sin embargo, yo había estado 4 largos meses sin disfrutar de correr, sin mejorar, y lo que es peor, limitado en mi día a día, lo que me hacía no poder disfrutar de la vida como a mí me gusta.

Esta carrera ya me aportaba, antes de empezar, una gran lección. Sabía que pasara lo que pasara, este día algo iba a aprender. Empecé corriendo los primeros kilómetros con precaución. No quería que empezarán tan pronto los dolores, por lo que, aun con buenas sensaciones, iba un puntito con el freno de mano. Un puntito por detrás de mis posibilidades y reteniendo. Solo un puntito, pues tampoco el nivel con el que me presenté allí me daba para ir mucho más rápido. Era ese puntito que me mantendría unos minutos por debajo del tiempo del año pasado en cada punto de referencia. Pero ese puntito de menos intensidad estaba haciendo que fuese un correr muy agradable. Los senderos por los que transcurre la carrera son propicios para poder disfrutar. Senderos para correr alegre, senderos juguetones, muchos de ellos en los que tienes que estar pendiente en cada pisada porque no hay dos pasos iguales y el correr se convierte en un bonito y divertido baile, como a mí me gusta. Estaba disfrutando y estaba pasándomelo mucho mejor que en cualquiera de los entrenamientos de los últimos 4 meses. De hecho, me lo estaba pasando tan bien y corriendo tan a gusto, que dejé un poco a un lado la mentalidad competitiva y solo quería seguir con esa diversión durante muchos kilómetros, que no acabase nunca. Iba charlando con algunos conocidos con los que compartí algunos kilómetros, me puse en evidencia a mí mismo viendo cómo disfrutaban, y a la vez rendían, corredores 15 años mayores que yo. Aportan un nivel que ojalá pueda aportar yo con la misma sonrisa. Cada vez que escuchaba a un grito de ánimo “¡Vamos Raúl!”, “¡Vamos Mako!”, me sacaban una sonrisa que duraba mucho más que el momento que tardaba en pasar por delante de ellos. Cada vez que veía un grupo de voluntarios siguiendo la carrera en alguna zona del monte, les incitaba a armar revuelo, a gritar y animar. Y ellos respondían con esos gritos y ese ruido que nos gusta sentir mientras corremos. Todo esto forma parte divertida de esta fiesta. Estaba recuperando las sensaciones y la alegría de correr que no había tenido durante todo este tiempo y estaba teniendo claro que la única manera que tengo de ser competitivo es disfrutar de todo esto. Hasta el día de hoy, correr alegre y divirtiéndome es lo que me ha hecho ser competente sin ni siquiera darme cuenta. Llevaba 4 meses buscando un premio en un resultado pero me daba cuenta de que el premio estaba en la sensación de ser feliz.

‌Llegué a mitad de carrera en perfectas condiciones. Ese pequeño punto de aflojar y retener y el haberme divertido durante esta primera parte del camino, había hecho que llegara hasta aquí con la sensación de hacer simplemente un ligero esfuerzo y tener la sensación de que no había sufrido mucho desgaste. Esta es la gran diferencia entre correr alegre y disfrutando o correr estresado. Correr alegre no desgasta, los ritmos salen solos y apenas no te das cuenta del paso de las horas y los kilómetros. Correr 100km parece simple corriendo de esta manera. Con esta sensación de frescura y sabiendo que la cabeza de carrera no estaría tan lejos, volví a traicionarme. Se me ocurrió que quizás aquí podría empezar a subir un poquito la intensidad y… ¿por qué no? …aquí podría empezar una épica remontada. Pues efectivamente, al empezar a apretar ese puntito que tenía guardado, empecé a notar la diferencia. Ahora sí estaba llevando un ritmo más competitivo, solo quedaba la segunda mitad de carrera y creía que el desgaste que supondría este cambio de intensidad sería completamente asumible. Quizá como castigo por volver a traicionarme, cuando más estaba disfrutando, me merecí tener ese tropezón que provocó que toda la cadena muscular que me estaba fallando durante todo este tiempo y que hoy tenía controlada, me saltará de golpe como si de un fuerte latigazo se tratara y me dejara completamente fulminado.

‌Me levanto, intento seguir, no puedo andar, aún así intento trotar. Se me escapan gritos de dolor. La caída en sí no ha sido nada importante, es algo que nos pasa de vez en cuando a todos los que corremos por montaña y casi nunca desencadena un problema. Pero yo tenía un problema de antemano, lo estaba tapando, me estaba funcionando, pero el mínimo descuido iba a acabar así. Conozco estos dolores y conozco los diferentes grados de intensidad y como me afectan, llevaba tiempo conviviendo con ellos y sé de sobra hasta qué punto son insoportables o cuando me paralizan por completo. Esta vez estaba fulminado. No lo quise asumir. Intenté correr pensando en que si volvía a realizar el movimiento natural de la carrera, acostumbraría a toda esa zona que había quedado dolorida y podría seguir. Así que primero a base de gritos de dolor y después con la pataleta de un niño pequeño, suplicando no sé a quién que por lo menos pudiera continuar, hice otro par de kilómetros hasta asumir la situación. Y entendí que si había estado 4 meses sin disfrutar de esto, ahora me merecía que el monte me diera un hachazo.

‌Llegué hasta el siguiente punto con gente de la organización y me dijeron que, para abandonar la carrera, o bien tenía que avanzar bajando 6 km o retroceder 4 km. Preferí volver, ya que cuesta abajo el dolor era insoportable pero cuesta arriba podría soportarlo. Durante el camino de vuelta me crucé con un montón de corredores y corredoras que seguían con su carrera y los ánimos y la preocupación de muchos de ellos me enseñaban otra lección mas.

‌Corro distancias largas porque consigo experimentar unas sensaciones y unos sentimientos que no soy capaz de conseguir de ninguna otra manera. Diferentes a todo. No sé si es posible experimentarlos de otra forma que no sea así. Con este único propósito llegan los “premios”, sin buscarlos. Esta vez quise correr en busca de un premio en concreto y fracasé en esa búsqueda. Además, tuve el castigo de tener que parar cuando más disfrutaba. Sin embargo, el premio que conseguí fue mucho más grande que el que yo buscaba. Tengo inculcado el “Corremos como Vivimos” desde aquella charla con @aitorbidean. El fracaso en la búsqueda de mi premio se convirtió en una lección de correr, de competir y por supuesto….. de VIVIR.