Por Claudia Gutiérrez del OS2O Trail & Skimo Team

“No puede ser. ¿Cómo se me ocurrió poner el GPS en Covadonga? Estaba claro que la batería no iba a aguantar toda la carrera”. Eso pensaba yo con angustia, cuando, de repente, ¡desperté!

Pequeñas pesadillas como esta se me repitieron a lo largo de la semana previa a la Travesera, como si mi mente necesitara un calentamiento ante la enormidad de la prueba. Los días pasaban rápido, con una rutina sorprendente hasta que, sin ser consciente de ello, estaba en la salida de la carrera. La incertidumbre recorre el sistema nervioso como un torrente, porque al enfrentarte a estas distancias nunca puedes controlarlo todo. ¿Me dolerá la cadera? ¿las rodillas? ¿el estómago?… ¡demasiadas posibilidades!

Perfil de la Travesera (74 Km. 6560 D+). Pulsa aquí para verlo en detalle.

3, 2, 1… Salimos. Es la tercera vez que participo en esta competición, así que soy consciente de que lo peor son los primeros 10km hasta llegar a Los Lagos. Después, todo fluye, encuentras el ritmo y solo hay que poner un pie detrás de otro siguiendo la luz del frontal, que refleja con fuerza en los ojos de las vacas que pillamos desprevenidas y frustradas ante el allanamiento de su morada.

La noche estaba fría, mucho más de lo que había calculado. La visibilidad era muy escasa: a la oscuridad se suma una niebla densa que nos cala hasta los huesos. Pero nada nos detiene, forma parte de la aventura. Lo mejor empieza en el momento en que los pies tocan la nieve. Entonces la motivación comienza y una extraña alegría me recorre el cuerpo: me encanta la nieve, estoy cómoda, me siento feliz y segura. En ese momento recuerdo que es peligroso un exceso de motivación en el km 17, puede costarme la carrera.

Claudia se mueve como pez en el agua… o mejor, en la nieve

La “fiesta” comienza al encontrarla “ultrabajada” de Mesones: mil metros de descenso técnico, resbaladizo, con escasa nieve y muy poca visibilidad. La concentración es máxima, nadie habla, solo puedes mirar unos metros por delante de ti. El premio no tardará en llegar: el avituallamiento en Caín, donde nos recibe el amanecer. Nos espera una buena subida de más de 2000m+ ascendiendo hasta la Jorcada Caín.

¿Habéis visto alguna vez cómo se refleja la luz del amanecer en Picos? Si girabas la vista subiendo Dobresengos veías una larga fila de luz marcando el camino recorrido entremezclado con el tono rubí de las rocas, que parecen sangrar ante el sol de la mañana. Así comienzas la larga subida con optimismo.

Picos de Europa en estado puro

Al llegar a la Vega d’Urriellu el estómago empieza a rugir (son las nueve de la mañana aproximadamente) y apetece un buen desayuno, ¡aunque los ánimos de toda la gente que esperaba a los corredores y corredoras ya alimentaban! Además, viene mi parte favorita de la carrera: la subida a Collada Bonita. Su nombre no defrauda. Allí nos espera un aire que suena a música (¡alguien tuvo el valor de subir una gaita y tocar durante horas para subir la moral!).

Disfrutando de la prueba

El descenso hasta Les Vegues de Sotres (km 48) es técnico y largo, pero el haber pasado la mitad de la carrera motiva mucho más que cualquier gel y en poco tiempo ya estás en el avituallamiento. Espera una de las subidas más temidas, la canal de Jidiellu: 1000m+ “a pinchu” con una sorpresa al final: una pequeña trepada que necesita toda tu concentración y fuerza. Por mucho que las piernas quieran temblar, no puedes permitirte errar.

Con una sonrisa se sube mejor

Tras este ascenso nos encontramos una bajada preciosa que deja a las piernas correr con total libertad por primera vez en muchas horas. Primero unos neveros refrescan las articulaciones y luego la pista de Ándara. Nunca creí que pudiera decir esto, pero ¡bendita sea esa pista! Poder correr sin pensar en cada una de las rocas que se encuentran frente a ti y dejarte llevar es un placer absoluto.

Unos pocos Km de asfalto, que hasta se agradecen

Aunque parezca increíble ya se llega al avituallamiento de El Jitu Escarandi. Los sentimientos empiezan a ser contradictorios. Todos gritan ¡Claudia, llevas a la segunda a 2 minutos, pero mi barriga no me deja disfrutar el momento porque replica “¡Quiero llegar a meta de una vez!”. Finalmente, mi cabeza consigue vencer: “Olvida a la segunda. Haz tu carrera, mejora tu tiempo. Confía en ti. Solo son 15km y luego podrás descansar”. Así noto que empiezo a disfrutar otra vez, a gritar por dentro “no me lo puedo creer, que ya va la tercera Travesera”. Empiezo a imaginar la meta, cada vez más cerca, miro hacia atrás y veo todas las horas de entrenamiento, toda la vida de entrenamiento para llegar a esa línea. Y lo consigo.

Últimos metros, ¡vamos campeona!

“Congratulations”

El kilómetro final recorre todo Arenas, un llano que absorbe la fuerza como una arena movediza. Pero los ánimos de la gente emocionan, y le dan energía al corazón ya agotado de tanto trabajo. Llego, y solo puedo pensar “¡qué aventura! ¿para cuándo la siguiente?”

Se suele decir que lo importante de la Travesera es acabarla, pero lo más importante es el camino que te lleva a ella. La montaña me cambió y me cambia la vida, y no puedo imaginarme un mundo sin olerla, sentirla y amarla.